
Matías llega el 1 de noviembre. Al menos, espero que así también lo considere mi Señor. Ha sido un camino, quizá largo, quizá extremadamente corto, pero ahora sí ya estamos, como se suele decir, punto caramelo. Es decir, antes de que el azúcar que ha dado vuelta y vuelta en la paila se cristalice. Y puedo decir que la analogía bien viene al caso porque Matías por estos días ha estado girando en el vientre de mamá, dando sus golpes, pataditas y manazos para anunciarse que está por llegar. Estamos en la semana 35 y de acuerdo con los exámenes médicos, laboratorios y la experticia del médico que trata a la mamá, nos dan cuenta de que la fecha que podría aparecer en nuestro mundo, ya como una nueva personita, individual, frágil y valiéndose por sus propios medios, entiéndase respirar y empezar a descubrir tanta maravilla que hay por doquier, será entre el 1 y 5 de noviembre. Como el asunto se define por cesárea, hemos decidido que sería el 1 de noviembre.
Sí. Ha sido un camino no exento de momentos difíciles. De tristezas, de incomprensiones, de malas noches, especialmente para mamá. Ha sido el tiempo de prepararnos a esa nueva experiencia. A la llegada de un ser extraño, pero no por eso menos amado. Ha sido un tiempo de entrenamiento con el Poto, que ya hizo suyo a su hermano y todo lo que tiene que ver con él. Pero ahora todo ese entrenamiento y revisión de los procedimientos se enfrentarán a la prueba definitiva de la que espero ser cobijado por el Todopoderoso para poder afrontarla.

Matías...